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En el verano de 2025 fui a uno de los conciertos de Bad Bunny en el Coliseo de Puerto Rico. Fui por invitación de mis hijas, quienes han sido sus fanáticas desde mucho antes de su fama global, cuando todavía se presentaba en espacios como Aljibe, en el pueblo de Mayagüez, para la época de 2016. Por ellas fui aprendiendo a conocerlo: su música, su estilo y algo de su vida, hasta que finalmente me animé a acompañarlas. Para mí era la primera vez en uno de sus conciertos y, debo confesarlo, al principio sentí algo de nerviosismo. No sabía muy bien qué esperar. Pero no me arrepiento de haber ido. La puntualidad, la organización, los escenarios, los artistas invitados, los músicos puertorriqueños, la energía del público y el cuidado de los detalles hicieron de esa experiencia mucho más que un concierto. Fue una de esas actividades que una recuerda por muchas razones: por la música, sí, pero también por lo que se siente en el ambiente. Bad Bunny ha logrado algo que va mucho más allá de llenar estadios. Ha puesto a Puerto Rico —nuestra música, nuestro lenguaje, nuestros símbolos y también nuestras contradicciones— en espacios donde por mucho tiempo lo caribeño aparecía como algo secundario, exótico o periférico. No se vuelve global borrando su origen, sino insistiendo en él. Esa aportación cultural tiene un valor inmenso. En un mundo donde tantas veces se nos mira desde afuera, ver a Puerto Rico ocupar el centro tiene una fuerza cultural y emocional difícil de medir. Precisamente por eso vale la pena mirar con calma lo que el espectáculo también revela sobre Puerto Rico. Desde el comienzo, la residencia reafirmó al país como centro. Las primeras funciones fueron pensadas para el público puertorriqueño, y eso importa. Hubo una intención clara de presentar a Puerto Rico no solo como escenario, sino como punto de partida. Esa fuerza simbólica también abre preguntas sobre algunas de nuestras contradicciones: quién accede, quién se beneficia y quién puede seguir llamando casa a este país. El ambiente de país se sentía incluso antes de comenzar el concierto. Afuera y en los alrededores del Coliseo, los quioscos de comida y bebidas puertorriqueñas ya iban creando ese ambiente de fiesta y encuentro que una reconoce enseguida. Luego, desde el primer escenario, el espectáculo presentó un Puerto Rico reconocible: el campo, la música, los colores, el flamboyán y esos paisajes que muchas personas sentimos como nuestros. No era una imagen cualquiera del país; era una forma de traer al escenario una memoria compartida. La marquesina y el balcón tampoco son detalles cualquiera. La marquesina es la fiesta a la que no hace falta invitación formal; el balcón, el lugar de la conversación cotidiana, de mirar hacia la calle y reconocerse en el vecino. Los dos hablan de una cultura que hace comunidad en esos espacios entre la casa y la calle. Parecía haber ahí una invitación clara: que los puertorriqueños formáramos parte de esa fiesta y nos reconociéramos en ella. Pero sus canciones también dicen otra cosa: esos espacios están desapareciendo, junto con tantas otras cosas que nos definen como pueblo. Quizás por eso quien vivió la residencia en Puerto Rico llevaba consigo una memoria y una emoción que tal vez no se sienten igual cuando el espectáculo viaja a otros países. Las mismas imágenes, la misma música, los mismos símbolos pueden despertar admiración, curiosidad o nostalgia en distintas partes del mundo; pero lo que se siente cuando esos símbolos son los tuyos, y cuando sabes lo que se está perdiendo, es algo difícil de traducir. Esa mezcla de reconocimiento y pérdida encuentra su imagen más clara en La Casita. No es solo una estructura en medio de un coliseo; es una casa puertorriqueña: íntima, familiar, reconocible. La miramos y sabemos lo que representa. Pero también, por distintas razones, es una casa a la que no todos pueden entrar de la misma manera. Ahí aparece una pregunta económica y política que va más allá del concierto: ¿quién entra a La Casita y desde qué lugar? Si La Casita evoca al país, entonces quién ocupa ese espacio no es un detalle menor de producción; también forma parte de la historia que se está contando. Quienes vivimos esa noche sabemos que pueden ser ciertas dos cosas a la vez: que el gesto fue genuino y que, aun así, vale la pena mirar las preguntas económicas que rodean al espectáculo. El punto no es criticar La Casita. Al contrario: justamente porque La Casita emociona y representa tanto, permite ver con más claridad una contradicción que atraviesa a Puerto Rico. La casa simbólica se celebra en el coliseo, mientras muchas casas reales se vuelven cada vez más difíciles de conservar, comprar o habitar. La gentrificación, el aumento en los precios de la vivienda y la llegada de capital externo han ido transformando barrios y comunidades, desplazando familias o haciendo cada vez más difícil que permanezcan en la tierra que llaman casa. Ahí está el paralelismo más fuerte: una casita que sentimos nuestra y un país donde cada vez más personas enfrentan dificultades para quedarse. Ese paralelismo también ayuda a mirar la economía del país. En Puerto Rico, políticas como la Ley 60 han atraído capital externo con la promesa del desarrollo, pero también han profundizado preguntas sobre para quién se organiza ese desarrollo y quién puede permanecer en los lugares que habita. La economía del espectáculo muestra algo parecido. Un concierto de esta magnitud mueve mucho dinero, pero ese dinero no llega a todos de la misma forma. Parte del valor circula por grandes promotoras, plataformas, cadenas hoteleras e intermediarios, mientras muchos trabajadores, pequeños vendedores y negocios locales participan con menos poder. Esa desigualdad importa porque se parece a lo que ocurre con la vivienda: el valor crece, pero no siempre se queda en manos de quienes sostienen el país todos los días. Y la ironía es difícil de ignorar: muchas personas que reconocen La Casita como suya, que cantan y celebran a Puerto Rico, enfrentan hoy la dificultad de costear una vivienda aquí. Se puede celebrar la casita en el concierto y, al mismo tiempo, no poder pagar una casa en el país que esa casita representa. Por eso La Casita no es solo una escenografía bonita. Tampoco es solo nostalgia. Es una imagen cargada de sentido: la casita del coliseo y la casita del barrio terminan compartiendo la misma pregunta: ¿quién puede quedarse adentro? Una economía del bienestar no se conforma con medir el gasto que genera un concierto ni el capital que atrae una ley de incentivos. Pregunta algo más incómodo: si quienes ven en esa casita una imagen de país pueden seguir viviendo en sus barrios cuando se apaguen las luces. Porque al final, la pregunta no es solo quién entra a La Casita, sino quién todavía puede llamar casa a Puerto Rico. Ivonne Díaz Rodríguez, Junio 2026
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Galería económicaReflexiones sobre economía, vida diaria, cultura, memoria, isla y bienestar. AutoraIvonne Díaz Rodríguez Archivos
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