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Aunque hoy parezca imposible imaginar muchas carreteras, patios y caminos sin su presencia, el flamboyán no es nativo de Puerto Rico. Vino de lejos, desde Madagascar, y poco a poco se integró al paisaje cotidiano de la isla. Aquí encontró calor, tierra y gente que lo fue sembrando, hasta convertirse en parte de la imagen y de la memoria que tenemos del país. Su copa amplia, su sombra y su floración intensa cambiaron muchas entradas de pueblos, muchos tramos de carretera y muchos patios. Cuando el flamboyán se llena de flores, detiene nuestras miradas. Pero el flamboyán no cambia el paisaje solo por su belleza. En un país donde hace tanto calor, un árbol no es un simple adorno. Su sombra puede hacer más llevadera una espera, un patio o un tramo de carretera; también puede marcar un camino y convertirse en punto de referencia. Todo eso nos recuerda que el bienestar no depende solo de ingresos, edificios o carreteras, sino de cosas sencillas pero esenciales: sombra, agua, biodiversidad y condiciones que hacen posible una mejor calidad de vida. Recuerdo que la carretera cerca de mi casa estaba llena de flamboyanes rojos y anaranjados, y durante el verano esos colores parecían iluminar ambos lados del camino. Eran parte de la ruta, de la costumbre de pasar por allí, de esa manera en que una carretera familiar se va quedando grabada en la memoria. Sus copas amplias daban color, sombra y una sensación de abundancia que todavía asocio con aquella época. Con el paso del tiempo muchos flamboyanes han desaparecido, pero todavía quedan algunos cerca del río La Plata. Ya no aparecen con la misma continuidad de antes; cuando vemos sus flores, algo de ese paisaje regresa. Su color, entre el verde, la carretera y el río, nos recuerda que el paisaje no desaparece por completo; a veces permanece en fragmentos, en árboles dispersos, en señales que todavía nos permiten reconocer lo que hubo allí. También recuerdo un flamboyán en particular, frente a una casa en la Carretera Núm. 2, entre Camuy y Quebradillas. Era la década de 1970, y cada vez que pasaba por allí miraba la majestuosidad de aquel árbol. No era solo grande. Había algo en él, una presencia que se quedaba en la mirada. Muchos años después, en un viaje a Mayagüez en el año 2000, volví a buscarlo. Lo encontré todavía en su lugar, aunque ya se veía débil. Me impresionó reconocerlo, como si una parte del paisaje de mi infancia hubiera permanecido, esperando. Poco después desapareció tras una tormenta. Ese árbol me hace pensar que el paisaje también guarda memoria, pero no la guarda para siempre. Los árboles envejecen, se debilitan, caen, desaparecen. A veces pensamos que los encontraremos igual cada vez que regresemos, hasta que un día ya no están. Lo que se pierde entonces no es solamente un árbol, sino una referencia, una sombra, una marca del camino. Por eso los árboles pueden ser tan importantes en la memoria de un lugar. Acompañan rutas, casas, escuelas y caminos. Nos acompañan mientras crecemos, mientras viajamos, mientras regresamos. Y muchas veces, sin darnos cuenta, nos ayudan a sentir que ese lugar es nuestro. Cuando un árbol desaparece, el paisaje cambia. Tal vez ese cambio pasa inadvertido para muchos, pero para quienes lo miraron durante años, la ausencia pesa. La carretera sigue en su lugar y quizás la casa. El camino continúa. Pero algo falta. El flamboyán nos ayuda a pensar en lo que permanece y en lo que se va perdiendo. También nos invita a mirar mejor esos lugares que creemos conocer. ¿Cuántos árboles ya habrán desaparecido de nuestras carreteras, sin que casi nadie lo note? Un país no se reconoce únicamente por sus edificios, sus carreteras o sus cifras económicas, sino por esos lugares que nos hacen sentir que pertenecemos. Cuando perdemos árboles, también perdemos algo más: la sombra, la frescura, el refugio, la biodiversidad y la belleza. El flamboyán vino de lejos, pero terminó formando parte de nuestra manera de mirar a Puerto Rico. Por eso, cuando florece, no veo solamente un árbol: veo un camino familiar y un país al que todavía reconozco.
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Cada vez que una selección africana sorprende en un Mundial, vuelve una pregunta que parece deportiva, pero que también es económica: ¿de dónde sale tanto talento? La respuesta rápida suele hablar de pasión, habilidad natural, fuerza física o amor por el fútbol. Pero esa respuesta no es suficiente. El talento existe, sí. Existe en las calles, en los barrios, en los campos improvisados, en los equipos locales, en las academias y en las ligas que casi nadie mira desde afuera. Existe mucho antes de que aparezcan las cámaras, los contratos, los comentaristas y las vitrinas internacionales. Pero el talento, por sí solo, no explica el éxito. Para que ese talento se convierta en desempeño internacional hacen falta muchas otras cosas: salud, nutrición, educación, entrenadores, infraestructura, instituciones, inversión, redes migratorias, protección laboral y oportunidades reales. Ahí es donde el fútbol deja de ser solo fútbol. Se convierte en una forma concreta de mirar la economía del desarrollo. El fútbol africano nos recuerda algo que a veces olvidamos cuando hablamos de economía: las capacidades humanas necesitan condiciones para desarrollarse. Una persona puede tener disciplina, inteligencia, fuerza, creatividad o talento, y aun así no encontrar el camino para convertir esas capacidades en una vida digna. Lo mismo ocurre con los países. El potencial puede estar ahí, pero necesita instituciones, redes y oportunidades para florecer. El fútbol como mercado global de talentoEl fútbol profesional es uno de los mercados laborales más globalizados del mundo. Un jugador puede nacer en un país, crecer en otro, formarse en una academia europea, jugar en una liga extranjera y representar a una selección vinculada a su historia familiar. Esa movilidad no es accidental. Responde a diferencias salariales, redes de reclutamiento, academias, agentes, ciudadanía, reglas de elegibilidad y oportunidades desiguales entre regiones. Las investigaciones sobre desempeño futbolístico internacional han mostrado que los resultados de las selecciones no dependen solo de cuánta población tiene un país o de cuán rico es. También influyen factores económicos, demográficos, culturales, institucionales y deportivos. Ese hallazgo es importante porque nos obliga a abandonar explicaciones simples. Un país puede tener mucha población, pero si no existen condiciones para formar, nutrir, entrenar y organizar el talento, ese potencial puede quedar disperso o subutilizado. Desde esa mirada, el buen desempeño de varios países africanos no puede analizarse únicamente dentro de sus fronteras. Muchos jugadores africanos, o de ascendencia africana, se forman en sistemas deportivos europeos, juegan en ligas de alto nivel y luego representan a selecciones africanas. La diáspora se convierte así en una forma de capital humano distribuido: una reserva de capacidades que no siempre vive en el territorio nacional, pero que mantiene vínculos familiares, culturales y deportivos con él. En un mundo interconectado, el talento nacional puede estar repartido por varios lugares: en la isla, en el continente, en Europa, en América o en cualquier comunidad donde la memoria familiar conserve un vínculo con el país de origen. Marruecos: inversión, instituciones y diásporaMarruecos es uno de los ejemplos más claros de esta nueva realidad. Su llegada a semifinales en Qatar 2022 fue histórica: fue el primer país africano y árabe en alcanzar esa etapa de una Copa Mundial. Pero lo más interesante, desde la economía, no es solo el resultado deportivo. Es la combinación de factores que lo hizo posible. Marruecos ha invertido en infraestructura, formación juvenil, centros de entrenamiento y organización federativa. También ha sabido integrar a su diáspora. Una parte importante de sus jugadores nació o se formó fuera del país, especialmente en Europa, pero mantiene vínculos familiares y culturales con Marruecos. Este ejemplo ayuda a ver que el capital humano nacional no siempre está contenido dentro del territorio nacional. Puede estar distribuido en familias migrantes, clubes europeos, academias extranjeras, redes culturales y memorias de pertenencia. Marruecos no ganó visibilidad internacional únicamente porque tenía buenos jugadores. Lo logró porque pudo articular talento, identidad, organización, inversión y estrategia. En ese sentido, el fútbol marroquí muestra que las instituciones importan. No basta con tener una generación talentosa; hace falta construir las condiciones para identificarla, convocarla, formarla y convertirla en un proyecto colectivo. Senegal: academias y movilidad laboralSenegal ofrece otro caso importante para pensar la economía del fútbol. La academia Génération Foot, fundada en Dakar, mantiene desde hace años una relación con el club francés FC Metz. De esa conexión han salido jugadores importantes, entre ellos Sadio Mané. La academia combina formación deportiva, educación, hospedaje, atención médica e infraestructura. Aquí aparece una de las tensiones principales del fútbol africano. Por un lado, academias como Génération Foot pueden abrir puertas reales. Pueden ofrecer educación, disciplina, redes internacionales y posibilidades de movilidad social. Para jóvenes que enfrentan pocas oportunidades económicas, el fútbol puede representar una ruta de ascenso individual y familiar. Pero también surge una pregunta necesaria: ¿quién captura el valor de ese talento? Si un jugador se forma en Senegal, pero su mayor valorización económica ocurre en Europa, entonces el mercado global puede funcionar como una vía de movilidad, pero también como un mecanismo desigual de extracción. El país de origen aporta talento, historia, formación inicial y aspiraciones; el mercado europeo captura gran parte del ingreso, la visibilidad y el valor comercial. Ahí el fútbol se parece a otros mercados laborales globales. No basta con preguntar quién “triunfa”. También hay que preguntar bajo qué condiciones, con qué riesgos, quién gana más y qué queda en las comunidades de origen. La cara oscura: sueños, falsas promesas y explotaciónEse mismo mercado global tiene una dimensión vulnerable. Donde hay sueños de movilidad, también aparecen intermediarios, agentes falsos y promesas engañosas. Organizaciones de jugadores han advertido sobre personas que se hacen pasar por agentes y prometen pruebas o contratos inexistentes a jóvenes futbolistas africanos. Esta parte del tema es fundamental para enseñar economía. Aquí aparecen conceptos como información asimétrica, poder desigual de negociación, ausencia de regulación, mercados informales y vulnerabilidad. Un joven con pocas oportunidades puede estar dispuesto a asumir riesgos enormes si cree que el fútbol es su única salida. El problema no es soñar. El problema es cuando el sueño ocurre dentro de un mercado desigual y poco protegido. Las historias de jóvenes engañados por agentes falsos muestran que el fútbol puede ser esperanza, pero también riesgo. Puede abrir puertas, pero también puede exponer a familias enteras a deudas, frustraciones o peligros. Por eso las instituciones importan tanto. No solo para ganar partidos, sino para proteger a quienes buscan una oportunidad. Ghana: fútbol, educación y posibilidades de vidaGhana ofrece otro ejemplo importante con Right to Dream, una organización que comenzó como academia en Ghana y se ha expandido hacia una red internacional de academias, clubes y programas educativos. Su modelo combina fútbol, educación, becas, liderazgo y movilidad internacional. Este ejemplo amplía la idea de capital humano. No se trata solo de entrenar mejores futbolistas. Se trata de formar personas con educación, idiomas, disciplina, redes, confianza y alternativas. En ese sentido, el fútbol puede convertirse en una puerta de entrada a otras formas de desarrollo. Pero también aquí hay que tener cuidado. No todos los jóvenes que entran a una academia llegarán a ser profesionales. Por eso, el modelo educativo importa. Cuando una academia solo promete fama deportiva, puede alimentar frustración y riesgo. Cuando combina deporte con educación, puede ampliar las opciones de vida, incluso para quienes no lleguen a una liga profesional. Esta diferencia es central. El desarrollo humano no puede depender únicamente de que una persona sea descubierta por un club extranjero. Una sociedad más justa debería crear múltiples caminos para que el talento se convierta en una vida digna, no una sola ruta estrecha reservada para unos pocos excepcionales. Cabo Verde: cuando el país es pequeño, pero la nación está repartida por el mundoCabo Verde añade un ángulo distinto. A primera vista, parece una historia poco común: un pequeño país insular del Atlántico, con una población menor que la de muchas ciudades del mundo, compitiendo en el escenario más grande del fútbol internacional. Pero si se mira con más cuidado, la historia deja de ser una simple sorpresa deportiva. Es un caso donde se cruzan economía, migración, identidad y visibilidad global. Cabo Verde muestra que el tamaño de un país no siempre se mide únicamente por su territorio o por su población residente. En países con una historia migratoria profunda, la nación también vive fuera de sus fronteras. Vive en las familias que emigraron, en los hijos y nietos nacidos en otros países, en las comunidades de la diáspora, en las remesas, en los vínculos culturales y en las redes que conectan lugares distantes con un sentido común de pertenencia. Eso es precisamente lo que hace peculiar al equipo caboverdiano. Su selección no depende solamente de quienes nacieron o se formaron en las islas. También se nutre de futbolistas nacidos o criados en Europa, muchos de ellos vinculados a Cabo Verde por lazos familiares, culturales y afectivos. Portugal, Francia, Países Bajos y otros espacios migratorios aparecen así como parte de la historia deportiva de este país. En la cancha, Cabo Verde es más grande que su territorio. Desde la economía, este caso introduce una idea importante: el capital humano puede estar distribuido globalmente. Una sociedad puede haber perdido población por migración, pero esa migración también puede crear redes, recursos, conocimientos y oportunidades que luego regresan de distintas formas. En la economía caboverdiana, esa relación se observa en las remesas y en los vínculos constantes entre la diáspora y las islas. En el fútbol, se observa en una selección capaz de convocar talento formado en otros sistemas deportivos, pero conectado emocional y familiarmente con Cabo Verde. Esto no significa que la diáspora resuelva todos los problemas. Tampoco significa que el éxito deportivo pueda separarse de las desigualdades que empujan a muchas personas a migrar. Al contrario, Cabo Verde deja ver las dos caras de la movilidad: la migración puede ser resultado de limitaciones económicas internas, pero también puede crear redes transnacionales que amplían las capacidades de un país pequeño. Por eso este caso es tan útil para enseñar economía. Nos obliga a repensar qué entendemos por recursos, por población, por capital humano y por desarrollo. El talento de un país no siempre está concentrado dentro de sus fronteras. A veces está disperso, conectado por memorias familiares, pasaportes, idiomas, clubes, ligas extranjeras y afectos que no desaparecen con la distancia. Vozinha: talento, mercado y accesoDentro de la historia de Cabo Verde, el caso de Josimar José Évora Dias, conocido como Vozinha, su portero de 40 años, añade una capa especialmente humana. Antes del Mundial, era un jugador prácticamente desconocido para buena parte del público internacional. Su valor de mercado rondaba los 50,000 euros, una cifra mínima si se compara con los valores multimillonarios de muchas estrellas del torneo. Pero una actuación memorable ante España lo colocó ante los ojos del mundo. Su historia personal, su edad, su emoción y su desempeño deportivo hicieron visible algo que muchas veces el mercado no registra: experiencia, carácter, trayectoria, liderazgo y capacidad de representar algo más grande que uno mismo. El valor de mercado de un jugador no siempre captura lo que ese jugador realmente vale. Intenta medir edad, liga, contrato, rendimiento esperado y demanda potencial. Pero el Mundial mostró que hay otros valores que no siempre aparecen en esas cifras. Hay valores que no caben fácilmente en una tabla: la resiliencia, la calma bajo presión, la historia familiar, el orgullo de representar a un país pequeño, la emoción colectiva que despierta una actuación inesperada. En una sola noche, Vozinha pasó de ser un nombre desconocido para muchos a convertirse en una historia que empezó a circular por todo el mundo. Ese salto también se vio en las redes sociales: de tener alrededor de 50,000 seguidores en Instagram, su cuenta creció hasta 17 millones al momento de escribir estas líneas. Ese dato no es menor. En la economía actual, la visibilidad también tiene valor. Una cuenta con millones de seguidores puede abrir puertas a patrocinios, entrevistas, contratos, invitaciones, campañas y nuevas oportunidades profesionales. Pero también revela algo más profundo: durante años, el talento de Vozinha existía sin que el mundo lo mirara. Lo que cambió no fue solamente su capacidad; cambió la atención. Ahí aparece una pregunta económica: ¿cuánto talento permanece invisible porque no tiene una plataforma, una oportunidad o un momento de exposición global? El caso de Vozinha muestra que el mercado no siempre descubre el talento a tiempo. A veces lo reconoce tarde, de golpe, cuando una actuación extraordinaria obliga al mundo a mirar. Su caso también muestra algo más íntimo y más económico a la vez: una persona puede tener capacidades extraordinarias y, aun así, no contar con los recursos económicos que facilitan el acceso a las grandes oportunidades. La historia de su madre, que inicialmente no pudo viajar para verlo jugar por los costos y las barreras asociadas al proceso de entrada a Estados Unidos, revela esa desigualdad de manera muy concreta. No era falta de talento. No era falta de mérito. Era acceso. Ese detalle convierte la historia en algo más que una anécdota emotiva. Nos obliga a preguntarnos cuántas personas tienen capacidades, disciplina y talento, pero nunca llegan a ser vistas porque les faltan recursos, contactos, documentos, apoyo institucional o simplemente una puerta abierta. Vozinha llegó al Mundial, pero su historia recuerda que muchos otros talentos pueden quedarse fuera del camino mucho antes de llegar a ese escenario. Pueden quedarse fuera por no tener dinero para viajar, por no conocer a la persona correcta, por no estar en la academia adecuada, por no tener documentos, por falta de nutrición, por no poder pagar equipo básico, por tener que trabajar desde jóvenes o por vivir en lugares donde nadie llega a mirar. Por eso Cabo Verde no solo sirve para hablar de diáspora o de turismo. También sirve para hablar de desigualdad de oportunidades. El fútbol hace visible algo que ocurre en muchos otros campos: el talento puede estar ahí, pero sin condiciones adecuadas puede quedar oculto durante años. Pico do Fogo, en la isla de Fogo, Cabo Verde. El fútbol puede poner a un país en la conversación global, pero la curiosidad que despierta va más allá del deporte: también alcanza su territorio, su historia y su cultura. Foto: Cayambe, Cape Verde, island of Fogo: the volcano Pico do Fogo with additional cone, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0. Un país que entra al mapa globalCabo Verde también deja ver otra dimensión de la economía del fútbol: la visibilidad. En cuestión de días, una selección poco conocida por el público global logró que millones de personas se preguntaran dónde queda Cabo Verde, cuántas islas tiene, cuál es su historia, qué idioma se habla allí y cómo un país tan pequeño podía competir contra selecciones con plantillas valoradas en cientos de millones de euros. Lo que le pasó a Vozinha en redes sociales —pasar de la invisibilidad a millones de seguidores— también ayuda a entender lo que ocurrió con Cabo Verde. El país pasó de ser un nombre poco conocido para muchas personas a convertirse en objeto de curiosidad global. En ambos casos, el fútbol funcionó como una vitrina. Ese tipo de visibilidad puede tener consecuencias económicas reales: más curiosidad, más búsquedas, más conversación, más interés por visitar, invertir o conocer su cultura. Para un país insular donde el turismo, los servicios, las remesas y la conexión con la diáspora tienen tanto peso, esa exposición global puede convertirse en una forma de marca país. Una selección nacional puede funcionar como embajadora cultural. Un jugador puede condensar una historia colectiva. Y un país relativamente pequeño, muchas veces desconocido para el público global, puede aparecer de pronto en una conversación mundial. La economía de la visibilidad no reemplaza la inversión, la infraestructura, la educación ni las instituciones. Pero puede amplificar lo que ya existe. Puede convertir una historia deportiva en una oportunidad cultural, turística y económica. Lo que importa es qué ocurre después con esa atención: si se convierte en beneficios amplios para la población, si fortalece sectores locales, si respeta la cultura y los territorios, o si queda solo como un momento pasajero de admiración global. Este punto es importante porque el turismo no es una actividad neutral. Puede generar empleo, ingresos, inversión y reconocimiento internacional. Pero también puede crear presiones sobre vivienda, recursos naturales, servicios públicos y comunidades locales. Para Cabo Verde, como para tantos territorios insulares, la pregunta no es solo cómo atraer más visitantes, sino cómo lograr que esa visibilidad se traduzca en bienestar, empleo digno y un desarrollo que cuide a su gente y a su territorio. Lo que el fútbol africano nos enseña sobre economíaEl fútbol africano nos ayuda a enseñar economía desde historias concretas. Nos permite hablar de capital humano sin reducirlo a años de escolaridad. Nos ayuda a mirar la migración no solo como pérdida, sino también como red. Nos muestra la diáspora como vínculo económico y afectivo. Nos recuerda que las instituciones son una infraestructura invisible: cuando funcionan, casi no se notan; cuando faltan, el talento se pierde. También nos ayuda a discutir los límites del mercado. El valor de mercado de un jugador puede ser bajo, aunque su capacidad sea alta. Un país puede ser pequeño, aunque su nación esté distribuida por el mundo. Una academia puede abrir oportunidades, pero también formar parte de una cadena global donde otros capturan gran parte del valor. Una historia deportiva puede inspirar, pero también revelar desigualdades profundas. Quizás la lección más importante sea esta: el talento está ampliamente distribuido, pero las oportunidades no. Esa frase podría aplicarse al fútbol, pero también a la educación, la ciencia, el arte, la agricultura, la tecnología o cualquier otro campo. En muchos países africanos existe una enorme capacidad humana. Lo que varía es la posibilidad de convertir esa capacidad en trayectorias sostenibles, dignas y protegidas. Por eso el fútbol africano es mucho más que una historia de goles, selecciones y mundiales. También es una manera de mirar el desarrollo económico desde las vidas concretas: desde la relación entre talento e instituciones, entre migración y oportunidad, entre inversión y desigualdad, entre sueños individuales y estructuras globales. El buen desempeño de una selección africana no ocurre simplemente porque “hay talento”. Ocurre cuando ese talento encuentra caminos: una academia que educa, una federación que organiza, una comunidad que sostiene, una diáspora que conecta, una institución que invierte, una regla que permite representar una historia familiar, un sistema que abre una puerta. Y cuando esos caminos no existen, el talento no desaparece. Queda atrapado, subutilizado o expuesto a quienes prometen oportunidades que nunca llegan. El fútbol, entonces, nos recuerda que el desarrollo no es solo producir más, exportar más o crecer más. Desarrollo también es construir las condiciones para que las personas puedan desplegar sus capacidades sin depender únicamente de la suerte, del contacto correcto o de una promesa riesgosa. En el fondo, la pregunta no es solo por qué algunos países africanos juegan tan bien. La pregunta más importante es otra: ¿qué ocurre cuando una sociedad tiene talento, pero no siempre tiene las instituciones necesarias para cuidarlo? Ivonne Díaz Rodríguez, Junio 2026 Fuentes consultadas: investigaciones sobre determinantes socioeconómicos del desempeño futbolístico internacional; estudios sobre academias africanas, migración laboral y diáspora; reportajes recientes sobre Marruecos, Cabo Verde, Vozinha y la clasificación mundialista; datos de Transfermarkt sobre valor de mercado; datos del Banco Mundial sobre turismo, remesas y economía caboverdiana; información institucional sobre Génération Foot y Right to Dream.
El país que celebramos y el país que vivimos. La crisis del agua que no debería sorprendernos16/6/2026 Personas cargan agua en San Juan porque el sistema llevaba tres días sin funcionar, 1942. La imagen no presenta la crisis actual como algo nuevo, sino como una fragilidad histórica que, a estas alturas, no debería repetirse. Foto: Jack Delano, 1942. Colección Museo de Historia, Antropología y Arte, Universidad de Puerto Rico. El verano pasado, con la residencia de Bad Bunny, Puerto Rico apareció por semanas en titulares, redes sociales y conversaciones dentro y fuera de la isla como destino cultural, musical y turístico. Este verano, la realidad es otra. Más de 100,000 abonados en San Juan, Bayamón, Guaynabo, Caguas, Carolina y otros municipios enfrentan interrupciones en el servicio de agua potable: algunos sin agua, otros con un suministro irregular. En las zonas turísticas, restaurantes amanecen cerrados y cuelgan letreros en las puertas: "Cerrado por falta de agua." Y en muchas comunidades, los adultos mayores con movilidad limitada no tienen cómo ir a buscar agua. Para ellos, la crisis no es un inconveniente: es una emergencia. No es un problema nuevo ni aislado. La fotografía de Jack Delano de 1942 nos recuerda que la falta de agua lleva mucho tiempo afectando a comunidades pobres y sectores desatendidos en Puerto Rico. Entonces, como tantas veces después, muchas familias tenían que buscar, cargar o almacenar agua para resolver necesidades básicas. Esa imagen podría parecer lejana, pero resulta demasiado cercana: a estas alturas, el acceso al agua potable no debería depender de quién cuenta con cubos, galones, tanques o cisternas. Y, sin embargo, así seguimos. Lo que ha cambiado este verano no es el problema, sino su alcance. Una crisis que durante años pudo pasar desapercibida para muchos aparece ahora en el centro de la ciudad, en las zonas turísticas, en las puertas de los restaurantes y en las filas frente a los camiones de agua potable. Esa visibilidad obliga a mirar la fragilidad de la infraestructura sobre la que descansa la vida cotidiana del país. La crisis expone algo más profundo que una avería técnica. Puerto Rico ha apostado por un modelo donde el turismo y los titulares se presentan como señales de vitalidad económica. Pero ese modelo se apoya en una infraestructura sin mantenimiento suficiente y un sistema de agua que falla una y otra vez. El turismo puede llenar hoteles y generar ingresos, pero no puede sustituir el agua que todos necesitamos para vivir y para que la economía pueda funcionar. Cuando la zona turística se queda sin agua y los restaurantes cierran, ya no estamos hablando de una metáfora. Estamos viendo las consecuencias de una política pública fallida. "No me quiero ir de aquí" no habla solo de orgullo o de pertenencia. También plantea una pregunta que este verano se vuelve urgente: ¿qué condiciones hacen posible quedarse en un país donde los servicios esenciales fallan constantemente? Hablar de Puerto Rico con orgullo no es suficiente. Exige también nombrar lo que no funciona y reclamar responsabilidades concretas. El acceso al agua potable no es un privilegio ni un bien negociable: es un derecho humano reconocido internacionalmente, y garantizarlo es una obligación del Estado. Los conciertos, los titulares y las temporadas turísticas no pueden reemplazarlo; también dependen de ese acceso. Una infraestructura confiable es precisamente la base sobre la que se sostiene cualquier economía. Garantizar el agua no es opcional: es la responsabilidad más urgente que tiene el país con su gente. Ivonne Díaz Rodríguez, Junio 2026 En el verano de 2025 fui a uno de los conciertos de Bad Bunny en el Coliseo de Puerto Rico. Fui por invitación de mis hijas, quienes han sido sus fanáticas desde mucho antes de su fama global, cuando todavía se presentaba en espacios como Aljibe, en el pueblo de Mayagüez, para la época de 2016. Por ellas fui aprendiendo a conocerlo: su música, su estilo y algo de su vida, hasta que finalmente me animé a acompañarlas. Para mí era la primera vez en uno de sus conciertos y, debo confesarlo, al principio sentí algo de nerviosismo. No sabía muy bien qué esperar. Pero no me arrepiento de haber ido. La puntualidad, la organización, los escenarios, los artistas invitados, los músicos puertorriqueños, la energía del público y el cuidado de los detalles hicieron de esa experiencia mucho más que un concierto. Fue una de esas actividades que una recuerda por muchas razones: por la música, sí, pero también por lo que se siente en el ambiente. Bad Bunny ha logrado algo que va mucho más allá de llenar estadios. Ha puesto a Puerto Rico —nuestra música, nuestro lenguaje, nuestros símbolos y también nuestras contradicciones— en espacios donde por mucho tiempo lo caribeño aparecía como algo secundario, exótico o periférico. No se vuelve global borrando su origen, sino insistiendo en él. Esa aportación cultural tiene un valor inmenso. En un mundo donde tantas veces se nos mira desde afuera, ver a Puerto Rico ocupar el centro tiene una fuerza cultural y emocional difícil de medir. Precisamente por eso vale la pena mirar con calma lo que el espectáculo también revela sobre Puerto Rico. Desde el comienzo, la residencia reafirmó al país como centro. Las primeras funciones fueron pensadas para el público puertorriqueño, y eso importa. Hubo una intención clara de presentar a Puerto Rico no solo como escenario, sino como punto de partida. Esa fuerza simbólica también abre preguntas sobre algunas de nuestras contradicciones: quién accede, quién se beneficia y quién puede seguir llamando casa a este país. El ambiente de país se sentía incluso antes de comenzar el concierto. Afuera y en los alrededores del Coliseo, los quioscos de comida y bebidas puertorriqueñas ya iban creando ese ambiente de fiesta y encuentro que una reconoce enseguida. Luego, desde el primer escenario, el espectáculo presentó un Puerto Rico reconocible: el campo, la música, los colores, el flamboyán y esos paisajes que muchas personas sentimos como nuestros. No era una imagen cualquiera del país; era una forma de traer al escenario una memoria compartida. La marquesina y el balcón tampoco son detalles cualquiera. La marquesina es la fiesta a la que no hace falta invitación formal; el balcón, el lugar de la conversación cotidiana, de mirar hacia la calle y reconocerse en el vecino. Los dos hablan de una cultura que hace comunidad en esos espacios entre la casa y la calle. Parecía haber ahí una invitación clara: que los puertorriqueños formáramos parte de esa fiesta y nos reconociéramos en ella. Pero sus canciones también dicen otra cosa: esos espacios están desapareciendo, junto con tantas otras cosas que nos definen como pueblo. Quizás por eso quien vivió la residencia en Puerto Rico llevaba consigo una memoria y una emoción que tal vez no se sienten igual cuando el espectáculo viaja a otros países. Las mismas imágenes, la misma música, los mismos símbolos pueden despertar admiración, curiosidad o nostalgia en distintas partes del mundo; pero lo que se siente cuando esos símbolos son los tuyos, y cuando sabes lo que se está perdiendo, es algo difícil de traducir. Esa mezcla de reconocimiento y pérdida encuentra su imagen más clara en La Casita. No es solo una estructura en medio de un coliseo; es una casa puertorriqueña: íntima, familiar, reconocible. La miramos y sabemos lo que representa. Pero también, por distintas razones, es una casa a la que no todos pueden entrar de la misma manera. Ahí aparece una pregunta económica y política que va más allá del concierto: ¿quién entra a La Casita y desde qué lugar? Si La Casita evoca al país, entonces quién ocupa ese espacio no es un detalle menor de producción; también forma parte de la historia que se está contando. Quienes vivimos esa noche sabemos que pueden ser ciertas dos cosas a la vez: que el gesto fue genuino y que, aun así, vale la pena mirar las preguntas económicas que rodean al espectáculo. El punto no es criticar La Casita. Al contrario: justamente porque La Casita emociona y representa tanto, permite ver con más claridad una contradicción que atraviesa a Puerto Rico. La casa simbólica se celebra en el coliseo, mientras muchas casas reales se vuelven cada vez más difíciles de conservar, comprar o habitar. La gentrificación, el aumento en los precios de la vivienda y la llegada de capital externo han ido transformando barrios y comunidades, desplazando familias o haciendo cada vez más difícil que permanezcan en la tierra que llaman casa. Ahí está el paralelismo más fuerte: una casita que sentimos nuestra y un país donde cada vez más personas enfrentan dificultades para quedarse. Ese paralelismo también ayuda a mirar la economía del país. En Puerto Rico, políticas como la Ley 60 han atraído capital externo con la promesa del desarrollo, pero también han profundizado preguntas sobre para quién se organiza ese desarrollo y quién puede permanecer en los lugares que habita. La economía del espectáculo muestra algo parecido. Un concierto de esta magnitud mueve mucho dinero, pero ese dinero no llega a todos de la misma forma. Parte del valor circula por grandes promotoras, plataformas, cadenas hoteleras e intermediarios, mientras muchos trabajadores, pequeños vendedores y negocios locales participan con menos poder. Esa desigualdad importa porque se parece a lo que ocurre con la vivienda: el valor crece, pero no siempre se queda en manos de quienes sostienen el país todos los días. Y la ironía es difícil de ignorar: muchas personas que reconocen La Casita como suya, que cantan y celebran a Puerto Rico, enfrentan hoy la dificultad de costear una vivienda aquí. Se puede celebrar la casita en el concierto y, al mismo tiempo, no poder pagar una casa en el país que esa casita representa. Por eso La Casita no es solo una escenografía bonita. Tampoco es solo nostalgia. Es una imagen cargada de sentido: la casita del coliseo y la casita del barrio terminan compartiendo la misma pregunta: ¿quién puede quedarse adentro? Una economía del bienestar no se conforma con medir el gasto que genera un concierto ni el capital que atrae una ley de incentivos. Pregunta algo más incómodo: si quienes ven en esa casita una imagen de país pueden seguir viviendo en sus barrios cuando se apaguen las luces. Porque al final, la pregunta no es solo quién entra a La Casita, sino quién todavía puede llamar casa a Puerto Rico. Ivonne Díaz Rodríguez, Junio 2026 Puerto Rico no carece de diagnósticos. Tenemos informes fiscales, auditorías, estudios académicos, reportajes investigativos, planes de reconstrucción y propuestas de desarrollo. Sabemos mucho sobre nuestras crisis: pobreza persistente, fragilidad energética, emigración, dependencia de fondos federales. Sabemos también del deterioro de servicios públicos, de la desigualdad territorial y de la falta de confianza institucional. La dificultad está, más bien, en convertir ese conocimiento en acción sostenida. Por eso vale la pena hacer una pregunta distinta. No solo: ¿cuánto crece la economía? Tampoco únicamente: ¿cuántos fondos llegan? La pregunta más importante podría ser: ¿qué capacidades crea nuestra economía para que las personas puedan vivir mejor en Puerto Rico? Desde ahí parte la economía del bienestar. Pensar desde el bienestar implica evaluar la economía por sus efectos reales sobre la vida cotidiana: acceso a energía confiable, agua, alimentos, salud, educación, vivienda, empleo digno, participación democrática, seguridad comunitaria y resiliencia ante huracanes, apagones y crisis fiscales. También implica reconocer que no todo crecimiento produce bienestar, y que no toda inversión fortalece al país si el valor generado no se queda en el territorio, no llega a quienes más lo necesitan ni fortalece las capacidades locales. Desde esta perspectiva, Puerto Rico enfrenta un círculo difícil: restricciones políticas y económicas limitan la capacidad de diseñar un modelo propio; la dependencia de transferencias, importaciones y enclaves reduce la producción local; la debilidad institucional facilita la captura de recursos; la burocracia paraliza la ejecución; y la falta de oportunidades empuja a jóvenes y profesionales a emigrar. Cada problema alimenta al siguiente. Romper ese círculo exige actuar en varios niveles a la vez. Harían falta, al menos, tres palancas. Tres palancas para un cambio realLa primera es reconstruir la capacidad institucional. No basta con más supervisión externa si el Estado pierde memoria, personal técnico y continuidad. Puerto Rico necesita instituciones capaces de ejecutar, aprender, coordinar y rendir cuentas. Eso incluye fortalecer municipios, profesionalizar el servicio público y reconocer el trabajo de organizaciones comunitarias que ya sostienen servicios esenciales. La segunda es construir una economía generadora de valor propio. Esto no significa rechazar fondos federales ni inversión externa. Significa usarlos para reducir dependencia y fortalecer sectores con arraigo local: energía comunitaria, soberanía alimentaria, economía del cuidado —el trabajo de sostener la vida en hogares y comunidades—, cooperativas, encadenamientos productivos y proyectos que creen empleo no deslocalizable. Una economía del bienestar no se pregunta solo cuánto produce un sector, sino quién controla el valor, quién se beneficia y qué vulnerabilidades reduce. La tercera es democratizar la información y la rendición de cuentas. Sin datos públicos claros, sin educación económica ciudadana y sin espacios de participación, la transparencia se queda corta. La ciudadanía necesita herramientas para entender presupuestos, contratos, fondos e indicadores. La rendición de cuentas no debería llegar solo después del daño; debe formar parte de la vida democrática cotidiana. "Una economía del bienestar no se pregunta solo cuánto produce un sector, sino quién controla el valor, quién se beneficia y qué vulnerabilidades reduce." Estas ideas no son solo una reflexión abstracta. En la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez ya han comenzado a tomar forma en experiencias docentes y estudiantiles. Desde el curso Economía para el Bienestar y Sostenibilidad (ECON 3026), creado en 2023, estudiantes han trabajado proyectos sobre indicadores de bienestar, economía regenerativa, energía, sostenibilidad y desarrollo local. De proyectos desarrollados en 2025 surgió RegenPR, un grupo interdisciplinario de estudiantes de Ingeniería, Artes y Ciencias, y Administración de Empresas que busca investigar y documentar iniciativas e indicadores económicos para la región oeste de Puerto Rico, comenzando con Mayagüez. Este tipo de experiencia muestra algo importante: cuando se les ofrece a los estudiantes un marco distinto al del crecimiento convencional, pueden conectar la teoría económica con problemas reales de comunidades, municipios y territorios. La economía se vuelve una herramienta para discutir cómo queremos vivir, qué debemos cuidar y qué instituciones necesitamos. Pensar la economía de Puerto Rico desde el bienestar no significa abandonar preguntas sobre productividad, inversión o crecimiento. Significa ponerlas en otro orden. Primero, debemos preguntar qué capacidades queremos fortalecer. Luego, qué políticas, instituciones y sectores económicos pueden sostenerlas. Esa conversación hace falta: menos administrar la precariedad y más construir capacidades para vivir mejor. Esta entrada forma parte de una reflexión académica más amplia en desarrollo sobre economía del bienestar, capacidad institucional y transformación económica en Puerto Rico.
IntroducciónPuerto Rico enfrenta un momento decisivo. Los huracanes, las sequías, los apagones y la migración masiva nos han mostrado que el progreso no puede medirse solo a través del Producto Interno Bruto (PIB). Necesitamos un modelo que garantice el bienestar humano (salud, educación, energía confiable, seguridad alimentaria) y que refuerce nuestra resiliencia ante choques externos. Modelos internacionales como el Presupuesto de Bienestar de Nueva Zelanda o el National Performance Framework de Escocia ya han demostrado que una economía del bienestar puede ser motor de prosperidad sostenible. La pregunta es: ¿qué significa esto para Puerto Rico? ¿Por qué bienestar y resiliencia son claves para la economía?La evidencia es clara: sociedades más equitativas y con acceso universal a servicios básicos son más estables y productivas a largo plazo. Organismos como el Banco Mundial y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) muestran que la equidad reduce las “trampas de pobreza” y fortalece el capital humano, mientras que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) insiste en ir más allá del PIB para medir el progreso real. En Puerto Rico, apostar por el bienestar y la resiliencia no es un lujo: es una decisión económica pensada. Áreas clave y ejemplos concretos en Puerto RicoEnergía limpia y resiliencia energética
Seguridad alimentaria y economía agroecológica
Infraestructura verde-azul y costas resilientes
Economía social y financiera
Gobernanza e indicadores de bienestar
Retos y recomendaciones clave para Puerto RicoEl contexto político y económico de Puerto Rico impone retos significativos para la ejecución de proyectos de gran escala. No obstante, esas mismas limitaciones hacen aún más valiosas las estrategias comunitarias, descentralizadas y participativas, capaces de crecer desde lo local y generar bienestar en tiempos de adversidad. En el ámbito energético, esto implica agilizar los permisos y ampliar el acceso a financiamiento para instalar paneles solares y sistemas de baterías en comunidades vulnerables. En materia de alimentos, resulta clave robustecer las cadenas de distribución y expandir los programas de compras públicas a productores locales. En las costas, la incorporación de la restauración de dunas y manglares, en los planes municipales de uso de suelo, se convierte en una prioridad de adaptación climática. Desde las finanzas solidarias, movilizar el capital de las cooperativas hacia proyectos de resiliencia comunitaria abre nuevas oportunidades de desarrollo. Finalmente, en el plano de la gobernanza, es fundamental impulsar un proyecto piloto de indicadores de bienestar en al menos tres municipios, garantizando la participación ciudadana como eje central del proceso. ConclusiónEl futuro económico de Puerto Rico depende de su capacidad para proteger a la gente y al entorno, no únicamente de aumentar cifras de producción. El crecimiento por sí solo no garantiza bienestar si no se traduce en vidas más seguras, comunidades más fuertes y ecosistemas saludables. Las experiencias locales —desde las microrredes solares comunitarias en Adjuntas, hasta las cooperativas financieras que movilizan ahorros hacia proyectos de impacto, y las iniciativas agroecológicas que fortalecen la seguridad alimentaria— demuestran que la transición hacia una economía del bienestar ya comenzó y que existen modelos viables en el país. Lo que falta es escalar, medir y sostener estas iniciativas mediante políticas públicas consistentes, presupuestos alineados al bienestar y marcos de gobernanza participativa que prioricen a las comunidades. Este esfuerzo debe incluir indicadores claros de progreso, que vayan más allá del PIB e integren dimensiones sociales, ambientales y culturales. Puerto Rico tiene la oportunidad de convertirse en un referente regional y caribeño si logra consolidar estas experiencias dispersas en una estrategia coherente de desarrollo. En última instancia, la verdadera prosperidad no se medirá en balances contables, sino en la capacidad de garantizar un futuro digno, resiliente y sostenible para todas las personas y para las generaciones futuras. Referencias seleccionadas
Introducción: el espejismo del crecimiento
Durante décadas, Puerto Rico ha medido su progreso y su “éxito” económico a través de una sola cifra: el Producto Interno Bruto (PIB). Este indicador, diseñado en la primera mitad del siglo XX, contabiliza el valor monetario de los bienes y servicios producidos en la economía. Sin embargo, cada vez resulta más evidente que el PIB no refleja la realidad cotidiana de las comunidades. El PIB puede aumentar mientras persisten apagones eléctricos, aumenta la emigración, se degrada el ambiente y crecen la pobreza y la desigualdad.
El caso de Puerto Rico es paradigmático. Aun cuando se anuncian incrementos en ciertos sectores productivos o en el consumo, la vida diaria de muchas familias está marcada por la inseguridad energética, la precariedad laboral, el alza en el costo de vida y el deterioro de la infraestructura básica. Esto revela una verdad incómoda: el crecimiento económico no siempre se traduce en bienestar social ni en sostenibilidad ecológica. Limitaciones del PIB
El PIB ignora lo que verdaderamente importa para la calidad de vida. No mide la salud física y mental de la población, la seguridad alimentaria, la calidad del sistema educativo ni la equidad en el acceso a oportunidades. Mucho menos incorpora la resiliencia ante el cambio climático, un desafío que afecta de manera particular a Puerto Rico como territorio insular y vulnerable a huracanes cada vez más intensos.
Además, el PIB contabiliza como “positivo” actividades que no necesariamente benefician a la sociedad. Por ejemplo, los costos de reconstrucción tras un desastre natural elevan el PIB, aunque impliquen sufrimiento humano y pérdida de capital natural. Igualmente, el aumento en el consumo de medicinas puede reflejar problemas de salud crónicos, pero aparece como crecimiento económico. En síntesis, el PIB mide producción, pero no bienestar. Y al hacerlo, puede conducir a políticas públicas que priorizan cifras macroeconómicas por encima de las necesidades humanas y ecológicas. El giro internacional hacia nuevos indicadores
Puerto Rico no está solo en este debate. En las últimas dos décadas, varios gobiernos han reconocido las limitaciones del PIB y han comenzado a implementar nuevos marcos de medición del bienestar.
Estos ejemplos demuestran que es posible diseñar políticas públicas que vayan más allá del crecimiento económico y se orienten hacia lo que realmente mejora la vida de las personas. ¿Qué implicaría para Puerto Rico?
Un marco de economía del bienestar en Puerto Rico permitiría orientar las decisiones hacia prioridades que reflejen la realidad de la isla. En lugar de enfocarse exclusivamente en atraer inversión o aumentar las exportaciones, se podría priorizar:
El cambio no es menor: implicaría pasar de un modelo centrado en cifras abstractas a uno que coloca en el centro el bienestar real de la gente y del ambiente que la sustenta. Urgencia de la transición
La transición hacia un modelo de bienestar no es solo deseable; es urgente. Puerto Rico enfrenta desafíos simultáneos:
En este contexto, seguir apostando únicamente a que el PIB “crezca” resulta insuficiente y hasta peligroso. Se necesita una brújula distinta, capaz de guiar las políticas públicas hacia un futuro sostenible y equitativo. Primeros pasos: de la teoría a la práctica
¿Cómo se puede avanzar en Puerto Rico hacia este modelo? Un camino viable es comenzar a nivel municipal con indicadores de bienestar sostenible. Esto permitiría experimentar, adaptar metodologías y mostrar resultados concretos.
Algunas acciones iniciales podrían incluir:
Estos pasos no requieren una transformación inmediata del aparato estatal, pero sí permiten abrir la puerta a un cambio estructural progresivo. Beneficios de un nuevo marco
Adoptar un enfoque de bienestar en Puerto Rico generaría múltiples beneficios:
Hacia un nuevo contrato social
Repensar el éxito económico desde el bienestar no es solo un ejercicio técnico, es también un acto político y cultural. Implica preguntarnos qué tipo de sociedad queremos construir y qué valores deben guiar nuestras políticas.
Un modelo basado en bienestar y sostenibilidad puede convertirse en el núcleo de un nuevo contrato social para Puerto Rico: uno que priorice la dignidad humana, la justicia social y el respeto a los límites ecológicos. Conclusión: Puerto Rico merece más
Puerto Rico merece algo mejor que un número de PIB. Merece un modelo que refleje el bienestar económico, social y ecológico de sus comunidades. Merece políticas públicas que valoren lo que en verdad hace posible la vida: la salud, la equidad, el acceso a servicios, la seguridad climática y la fuerza de nuestras comunidades.
Medir el bienestar y actuar en consecuencia no es una utopía. Es una necesidad urgente y una oportunidad histórica. El futuro de Puerto Rico dependerá de nuestra capacidad para atrevernos a cambiar la métrica del éxito. Más allá del PIB: hacia una economía del bienestar en Puerto Rico © 2025 by Ivonne del C. Diaz Rodriguez is licensed under CC BY-NC 4.0
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El grito del silencio Por: Ivonne del C. Díaz Rodríguez ¡Cuando todo haya pasado, volvamos al silencio! ¡Qué se detengan las máquinas, los aviones, los automóviles! ¡Qué escuchemos el ruido de la Naturaleza! ¡El ruido del silencio, oculto en nuestras almas! ¡Qué síntamos la brisa desde nuestros balcones! ¡Qué las aves paseen por nuestros alrededores! ¡Qué podamos sentirles y escuchar su llamado! ¡Qué podamos mirar al cielo y hablar con las estrellas! ¡Qué los niños vivan en el calor de sus casas! ¡Qué jueguen con las hojas y escuchen el grito de la Tierra! ¡Qué escuchen las historias que los árboles cuentan! ¡Qué su clamor despierte sus conciencias! ¡Qué escuchemos historias de un pasado lejano! ¡Contadas por nuestros padres y por nuestros abuelos! ¡Qué su sabiduría inunde nuestras mentes y nuestros corazones! ¡Qué nos proteja el amor de nuestros seres queridos! ¡Qué las ganancias... sean ganancias sociales! ¡Qué las economías sean compasivas, solidarias y sostenibles! ¡Qué protejamos el Planeta y protejamos la gente! ¡Qué la naturaleza, la salud y el bienestar sean nuestros mayores recursos! Pase lo que pase, ¡la Naturaleza continuará su rumbo! ¡No bajemos la guardia! ¡Qué la incertidumbre no nos tome por sorpresa! ¡Qué seamos proactivos, combativos y resilientes! Desde la distancia, van pasando los días. Atrás quedaron los ruidos del bullicio callejero. ¡El corazón de la humanidad se aprieta! ¡Sufrimos, lloramos, reflexionamos o cantamos! ¡Otros, tal vez, añoren el pasado perdido! ¡La Naturaleza continuará recobrando su lugar! ¡Sus espacios perdidos, sus bosques, sus ríos, sus lagos, sus cielos! Cuando todo haya pasado, ¡ella estará lista! ¡Para recibirnos! ¡Con sus brazos abiertos! Cuando todo haya pasado, ¡volvamos al silencio! A esa pausa, que nos reconecta con nosotros mismos, ¡Qué nos vuelve compasivos, reflexivos y humanos! ¡Volvamos a escuchar el grito del silencio! ¡La música del espíritu, la música del alma! 29 de marzo de 2020 Mayagüez, Puerto Rico Vereda hacia las Ruinas del Fuerte Caprón Los terremotos que estremecen a Puerto Rico han cambiado repentinamente nuestras formas de vida, sobre todo en la zona Suroeste del País. Han sido días de dolor, angustias y desvelos. Pero, al mismo tiempo, llegan a mi memoria recuerdos de un viaje maravilloso que hice en septiembre de 2019 al Bosque Seco de Guánica, un lugar de infinita belleza natural. Ese viaje fue parte de un curso especial en economía y sostenibilidad que ofrecí en el RUM, entre agosto y diciembre de 2019. Los viajes de campo son importantes porque exponen al estudiante a experiencias y ambientes naturales. Asimismo, estas experiencias pueden contribuir a mejorar su salud mental y emocional, y a desarrollar sus habilidades como líderes para la sostenibilidad económica, social y ambiental, tan necesarias en estos momentos. El lugar a visitar fue seleccionado por los mismos estudiantes. Uno de ellos sugirió hacer una caminata en silencio, una de las herramientas del Mindfulness (atención plena), hasta llegar a la parte más alta del Bosque Seco de Guánica. Caminaríamos a través de las veredas del bosque, prestando atención al momento presente, hasta llegar a las ruinas del Fuerte Caprón en la parte más alta del bosque. Su tendadora oferta fue aprobada unánimemente, ya que el resto del grupo nunca había visitado el lugar y también ofrecía una oportunidad única para conectarnos con la naturaleza y con nosotros mismos. Cuando desarrollé el curso, pensaba en el rumbo insostenible en el que se embarca la economía de Puerto Rico, pero ambién en el estado mental y emocional de la gente, sobre todo después de que comenzaran las reformas de austeridad impuestas por la Junta de Supervisión Fiscal y el paso del Huracán María. Había tomado cursos prácticos de Mindfulness y conocía del impacto que esta herramienta puede tener en el manejo del estrés, la ansiedad y la presión arterial, entre otros. Así que, aproveché esa experiencia y la incorporé dentro de la discusión del curso, como estrategia para mejorar la salud y el bienestar humano. Su incorporación en las actividades del viaje surgió espontáneamente, pero también como resultado de aquellas discusiones que habíamos tenido en clase. La mañana del sábado, 15 de septiembre de 2019, salimos del pueblo de Mayagüez y nos dirigimos hacia el pueblo de Guánica por la carretera 116. Luego tomamos la PR-333, hasta llegar a la entrada de la vereda que nos dirigiría a las ruinas del Fuerte Caprón. Nos estacionamos en la orilla de la PR-333, para comenzar nuestra caminata en silencio. Íbamos equipados con agua y alimentos en nuestras mochilas, y no podían faltar las gorras y el bloqueador solar. Aunque todos vestían zapatos cerrados para proteger sus pies, hubo un estudiante que prefirió caminar descalzo para, según él, conectarse o hacer "grounding" con la tierra y desarrollar los músculos de sus pies, como lo hacen algunos atletas africanos antes de participar en maratones atléticos. Vista de la Bahía de Guánica Era una mañana hermosa y el sol inclemente, cuando comenzamos a ascender por la vereda a través de un angosto y rocoso camino, cada vez más empinado. Mientras subíamos, se divisaba la incomparable belleza natural de la Bahía de Guánica. Las casas de su pueblo, asentadas justamente en su costa, se hacían cada vez más pequeñas. De lo alto, se observaba aquel enjambre de edificios, casas y calles que le daban vida al pequeño pueblo de Guánica. A lo lejos también se observaban las montañas, algunas sin mucha vegetación. Los ruidos del pueblo comenzaron a hacerse más lejanos y en lo alto nos recibieron algunas aves, incluyendo un guaraguo, que nos observaba desde la distancia. Tardamos alrededor de 20 minutos en llegar a la cima. Entre los árboles se escondían las ruinas color ladrillo del antiguo Fuerte Caprón. Subimos sus escaleras hasta lo más alto de la torre, hasta encontramos con la belleza, la milenaria geografía y las hermosas aguas de la Bahía de Guánica. Había llegado el momento de romper el silencio y las expresiones de asombro de los estudiantes no se hicieron esperar. Conversaban sobre su experiencia de caminar en silencio, sobre los hermosos paisajes que se observaban, sobre la historia de las ruinas, sobre la entrada de los estadounidenses por la Bahía de Guánica en 1898, sobre los asentamientos humanos cerca de los cuerpos de agua, sobre la insostenibilidad y la falta de planificación y sobre el rumbo insostenible de la humanidad. Mientras tanto, yo observaba y escuchaba su espontaneidad, sus comentarios, su creatividad, sus ideas y sus preocupaciones económicas y sociales. No teníamos que regresar en silencio, pero el silencio se hizo inevitable. Aquella caminata y aquel pequeño encuentro con la naturaleza, y con nosotros mismos, nos había cambiado. La espontaneidad y la creatividad expresadas durante aquel viaje perdurarían durante el semestre. Reflexiones vivaces, profundas y entretenidas de estudiantes que, desde sus propias perspectivas, mostraban entender los retos para Puerto Rico y el mundo: el rol de la educación, de la ciencia, de la tecnología, de la planificación integradora, del Mindfulness como herramienta para reducir el estrés y de las acciones sostenibles para crear un mundo mejor. Finalmente, tuvimos un encuentro con las ruinas del Faro de Guánica, localizadas en la carretera PR-333, a corta distancia del Fuerte Caprón. Nunca imaginamos que sería la última vez que lo viéramos en pie. Los terremotos de enero 2020 cambiarían para siempre la vida, la economía y la geografía de aquella región. Aquel viaje fue el preámbulo a un viaje mucho más complejo, que requeriría acciones económicas urgentes, pero también solidaridad y fortaleza mental y emocional, para afrontar la adversidad. Fotos por Ivonne del C. Díaz y Gabriela S. Ennich
La siguiente reflexión fue realizada por Ariana García Piñero, como parte de su presentación en el curso Política Pública y Desarrollo Sostenible que ofrecí durante el primer semestre 2018-19, en la Escuela Graduada de Administración Pública de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Rīo Piedras. Gracias a Ariana por permitirme compartir con ustedes sus reflexiones sobre Suecia, el desarrollo sostenible y sobre sus descubrimientos en su proceso de aprendizaje. Ariana García Piñero Suecia el país al que no he podido viajar, pero sí conocer a través de este trabajo. La profesora Ivonne del C. Díaz nos asignó la tarea de analizar un país dentro del contexto de sus políticas públicas y el desarrollo sostenible. Me dije ¿por dónde empiezo? Recuerdo las palabras de Dayra y Raquela, “esto del doctorado para pasarlo bien hay que disfrutárselo”, y eso hice. Como no podía viajar a Suecia para conocerlo y después venir a contarles, decidí imaginar, y me senté a la mesa con diversos autores para escuchar qué tenían que decirme sobre las políticas públicas de Suecia y el desarrollo sostenible. Empecé la conversación con Antonio Elizalde, quien me dijo que a lo largo de las pasadas décadas se ha planteado que existe la necesidad de revaluar la relación sociedad/naturaleza. A esto, Eduardo Gudynas añadió que lo antes dicho surgía porque se cuestionó cuál era la noción del concepto de desarrollo al momento de elaborar políticas públicas. Ante esta situación, surgieron escritos como Silent Spring de Rachel Carson o Le planete au pillage de Farfield Osborn, que mostraban la gravedad del agotamiento de los recursos, la explosión demográfica y el aviso de una alarma catastrófica, tan grave que, de no tomarse medidas drásticas de inmediato, se arribaría en pocas décadas a un colapso mundial. Y me dije, “eahh rayo, ¿qué es esto? ¡Hay que hacer algo, el gobierno tiene que hacer algo!” La conversación se puso interesante. Entonces aparecieron Ramírez, Sánchez y García, y me dijeron que el desarrollo sostenible no debate ni discute sistemas políticos ni económicos, sino que, a partir del ambiente, postula un cambio social pacífico y gradual, aunque vivimos claramente en un mundo donde estos sistemas contradicen todo tipo de sostenibilidad. Continué con mi búsqueda de información, y leyendo la Agenda 2030 de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), encontré que ante los desafíos del crecimiento económico, la desigualdad social y la degradación ambiental, ya la opción de vivir con los mismos patrones no era viable y que había que transformar el paradigma de desarrollo actual. En septiembre 2015, luego de un proceso de negociación abierta, democrática y participativa, esos hallazgos se convirtieron en un compromiso mundial de los 193 países miembros de la ONU, conocido como la Agenda 2030. Empecé a buscar información sobre lo que hacía Suecia y encontré que era el país número uno en lista de la ONU con mayor cumplimiento de los 17 objetivos del desarrollo sostenible (ODS), y me pregunté ¿cuál era su secreto? ¿Cómo se ha enfrentado a tantos desafíos? ¿Por dónde empiezo a abordar tantos objetivos en ese país? Entonces, como por arte de magia, apareció Roth Deubel y me dijo “la política pública está en todas partes, hay diversas teorías que proponen explicarlas y ninguna es capaz de explicar por sí misma la complejidad de las políticas públicas”. Con esa antesala con los teóricos y, luego de una revisión, escogí dos teorías: la teoría crítica y la teoría constructivista. La teoría crítica, porque me decía que la actividad investigativa está orientada a los valores, por lo que la objetividad no existe y la búsqueda de ésta es ilusoria. Los adeptos de esta teoría asumen una postura en valor y consideran que, mediante la eliminación de la falsa conciencia, se logra la transformación social. La labor del investigador es develar y comunicar posibilidades de una mejor vida y acciones emancipadoras. Las políticas públicas alteran la infraestructura comunicativa de la sociedad, la cual se articula con la estructura social y la acción social. Esta teoría se puede explicar en tres puntos:
Por otro lado, la teoría constructivista de Berger y Luckman considera la realidad como una construcción social. Cada persona ve la realidad de forma diferente, según la posición del observador. Nada es objetivo. Los descubrimientos y conocimientos son el resultado de la interacción de diferentes saberes (intersubjetividad). Con los aportes de Foucault y la Teoría Crítica, se mostró la importancia de considerar las políticas públicas desde el ángulo del análisis de discurso. Consideré que desde estas miradas podía descubrir el ingrediente secreto de Suecia. Sin embargo, necesitaba conocer en este punto qué era una política pública y escuché a autores como Tamayo, Aguilar y Muller, que tenían conceptualizaciones similares que se resumían en lo siguiente. Las políticas públicas son un conjunto de medidas concretas que la conforman. Éstas comprenden unas decisiones o una forma de asignación de recursos, “cuya naturaleza es más o menos autoritaria”, ya que la coerción siempre está presente de forma explícita o latente. Me dije, “aquí las palabras claves son decisiones, asignación de recursos y coerción”. Luego, continúe mi búsqueda de autores que me hablaran más sobre Suecia y encontré varios que me hablaron sobre las diferentes políticas públicas que allí se elaboraban, las cuales pude identificar y ubicar por objetivos. Entonces, Manuel Sánchez me dijo: “tienes que conocer cuál es el fundamento de las ideologías del gobierno Sueco, las cuales provienen de un estado de bienestar”. En el mundo existen dos teorías de estado de bienestar que han permitido que surjan tres modelos: el modelo liberal tradicional de Estados Unidos, el modelo institucional-redistributivo Británico y el modelo social-demócrata de Suecia. El fin del modelo social-demócrata es garantizar mayor igualdad social a sus ciudadanos, los servicios públicos y la planificación del modelo natural que ha de asegurar una alta calidad de vida. Los procesos de decisión se basan en el más alto grado de participación y consultas posibles. Bajo este modelo, la política pública económica está vinculada al logro del empleo pleno y hay un generoso sistema de seguridad social vinculado al sector público. Dentro de sus características ideológicas se encuentran:
Entonces, en este punto recordé que la profesora Díaz me mencionó que podía analizar las políticas públicas de Suecia desde el Modelo Nórdico. Esto me mantuvo en crisis por muchos días, tratando de escuchar a diversos autores que me permitieran articular el desarrollo sostenible, las políticas públicas de Suecia y el Modelo Nórdico, y me preguntaba qué ella quería que yo viera. Me encontré con Aguilar y, con su reflexión, pude encontrar la clave de Suecia y los modelos nórdicos. Aguilar me dijo que la reflexión de los problemas políticos, desde cualquier ciencia política, no es el sujeto del gobierno, sino la capacidad y eficacia directiva del gobierno, que incluye la administración pública. Para esto han surgido dos respuestas: la gobernabilidad y la gobernanza. De aquí en adelante, me enfocaré en la última. La gobernanza apunta a un nuevo proceso directivo de la sociedad, más que a la acción del gobierno, aunque cuente con el requerimiento de las capacidades de éste. El supuesto básico de la gobernanza es que, en las actuales condiciones sociales (nacionales e internacionales), el gobierno es un agente de dirección necesario, pero insuficiente, por lo que también hay que valorar las capacidades sociales para la dirección satisfactoria de ésta. Aunque el gobierno pueda ser legítimo y necesario, sus ideas, acciones y recursos no son suficientes para definir y alcanzar, por sí mismo, los objetivos y el futuro del interés social. La legitimidad gubernamental no es suficiente. La dirección efectiva de la sociedad requiere, junto con las capacidades del gobierno, la integración de las capacidades y recursos que poseen otros actores dentro de la sociedad. Superar los desafíos actuales y las debilidades gubernamentales, requiere ascender a un nivel superior de información, inteligencia, recursos, tecnología, organización y eficiencia, que rebasan las potencialidades gubernamentales y las de cualquier actor económico y social. Por tal razón, se exigen formas sinérgicas de deliberación, interacción y asociaciones público-privadas, gubernamentales y sociales, conjunción de jerarquías, mercados y redes sociales. Esto puede brindarle a la sociedad económica y civil mayor influencia en los objetivos, metas y sueños de la sociedad, así como en la definición de las normas y políticas que les ayuden a producir y alcanzar sus metas sociales. A esto, Guimardes añadió que el Estado intervencionista debe ser cada vez más una realidad pretérita. A estas alturas, el desarrollo sostenible requiere de un estado más fuerte que en el pasado; que sea fuerte en su capacidad reguladora y planificadora; que deje al mercado las actividades de naturaleza estrictamente productora o de infraestructura. Además, Guimardes explica que, en política no hay tal cosa como la racionalidad, sino que se define de acuerdo con los intereses que se tienen en cuenta en una decisión, por lo que se debe encontrar la alianza política correcta. Entonces pude comprender que para abordar cómo se construyen las políticas, sus fundamentos normativos, los actores que condicionan el proceso, y, por lo tanto el discurso ideológico del tema del desarrollo en el Modelo Nórdico y en Suecia, la clave estaba en los datos producidos en el documento “Sustainable Development Action- The Nordic Way: Implementation of Global 2030 Agenda for Sustainable Development in Nordic Cooperation. Este documento resume cuáles son las acciones de Suecia y los países nórdicos hacia el desarrollo sostenible. En este modelo de gobernanza, todos los actores involucrados toman decisiones. Además, se resalta que todos los países nórdicos están comprometidos seriamente para implementar la Agenda 2030 en conjunto. Estos países encabezan los “rankings” de sostenibilidad global. Asimismo, el trabajo que ellos realizan está respaldado por un fuerte compromiso del más alto nivel político. Aunque en los países nórdicos se observan diferencias en los procesos de gobernanza y en la implementación de la Agenda 2030, existe un gran interés en la acción conjunta, desde representantes del gobierno y del sector privado hasta la sociedad civil. La región nórdica ya cuenta con una estrategia de desarrollo sostenible (la primera de su tipo en el mundo), estrechamente vinculada con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). También han establecido un conjunto de indicadores de desarrollo sostenible, que continuamente desarrollan y que, además, utilizan para monitorear el progreso conjunto de los países nórdicos en la Agenda 2030. Asimismo, el Programa de Cooperación Nórdico tiene como objetivo lanzar actividades conjuntas que agreguen valor al trabajo nacional e internacional realizado en estos países, enfocándose mayormente en la implementación, aprendizaje y aprovechamiento de las sinergías. El programa es desarrollado por los Ministros de Cooperación Nórdica, quienes, mediante informes, identifican prioridades, desafíos y áreas potenciales. A estos informes les precede un proceso de entrevistas con personas de interés (stakeholders) de los sectores gubernamentales, privados y de la sociedad civil vinculados con las iniciativas y prioridades de los países nórdicos. Además, previo a la realización del informe, se organizan reuniones de diálogos, se discuten los resultados preliminares y se hacen recomendaciones basadas en la investigación, en los hallazgos de las entrevistas y en el diálogo con los comités del Consejo Nórdico de Ministros. Por lo tanto, su participación, cooperación y logro de la Agenda 2030, está fundamentado en la articulación de la redes de actores y en una visión de pluralidad de los diversos intereses. Los países nórdicos apuntan a una comprensión más universal de los desafíos globales en conjunto. Esto se refleja, por ejemplo, en el Acuerdo de París, donde éstos reconocen la necesidad de que todas las naciones y los diversos actores públicos, privados y la sociedad civil aborden conjuntamente el desafío del cambio climático. El Centro Europeo de la Unión Europea ha colocado como centro de su gobernanza los Objetivos de Desarrollo Sostenible y establecerá una plataforma de múltiples partes interesadas, para el seguimiento e intercambio de mejores prácticas entre los sectores. La implementación estará enfocada en dos áreas: integrar la Agenda 2030 en el marco de la política pública Europea y las prioridades de la Comisión, y lanzar un trabajo de reflexión sobre el desarrollo de una visión a más largo plazo y una visión para las políticas sectoriales después del año 2020, garantizando coherencia con el nuevo Marco Financiero plurianual. Usando como referencia la Teoría Crítica, discutida anteriormente, aquí se puede observar que los fundamentos normativos de las políticas públicas están condicionadas por diversos grupos de actores que no están limitados al gobierno ni a los mercados. Por otra parte, y utilizando la Teoría Constructivista, podemos ver cómo este grupo de actores, mediante sus reuniones y discusiones del tema y como resultado de la interacción de los diferentes saberes (intersubjetividad) obtienen un conocimiento que les permite reflexionar y elaborar sus políticas sectoriales y sus políticas para el desarrollo sostenible a largo plazo. Como unidad nacional, en 2005 Suecia comenzó a hacer esfuerzos para reorganizar sus ministerios gubernamentales en un Ministerio de Desarrollo Sostenible. Aunque posteriormente, este Ministerio fue disuelto, Suecia siempre ha tenido un compromiso claro con el desarrollo sostenible, con los objetivos nacionales de calidad ambiental, con la política para el desarrollo global, con la incorporación de la agenda de la política climática y con otras políticas, sobre todo en el campo de la igualdad de género. Las prioridades específicas de Suecia, durante las negociaciones de los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) de la ONU, incluyeron la salud, los derechos sexuales y reproductivos, y la igualdad de género. Además, en diversas ocasiones han destacado el tema del cambio climático. La participación de Suecia en estos temas también ha ocurrido gracias a la integración de otros sectores, como las principales empresas suecas que colaboraron con el gobierno para reflejar sus prioridades colectivas en el logro de los ODS, entre las cuales se encontraban: el trabajo decente, el medio ambiente, el cambio climático y la lucha contra la corrupción. Para la implementación de la Agenda 2030, Suecia ha centrado su atención en su organización interna y en el diseño de estructuras y procesos. Su principio rector ha sido la integración y la coherencia de las políticas, para garantizar que el seguimiento esté integrado en las áreas de las políticas existentes y en los ministerios sectoriales. Además, el gobierno sueco ha expresado que la Agenda es responsabilidad de todo el gobierno y del gabinete en particular. Asimismo, Suecia designó un comité nacional independiente para la implementación de la Agenda 2030. Este comité está compuesto por siete personas que representan diferentes áreas de experiencia, comunidades y partes interesadas, incluyendo a las empresas, instituciones académicas, la sociedad civil y el sector público, con el apoyo de una secretaria fuera de las oficinas gubernamentales. A este comité se le asignó la tarea de producir una propuesta para la implementación en Suecia de la Agenda 2030, incluyendo las perspectivas y compromisos nacionales e internacionales para el gobierno. Estos trabajos se llevarían a cabo paralelamente con los Ministerios de Finanzas y Asuntos Exteriores. Además, el gobierno sueco estableció y designó el Consejo Científico para el Desarrollo Sostenible, con el propósito de proporcionar asesoramiento y evaluación científica. También se han comprometido con la Agenda 2030, organizando seminarios y sintetizando el conocimiento. Durante el proceso de negociación de los objetivos de desarrollo sostenible, el Ministerio de Relaciones Exteriores estuvo a cargo y dirigió el trabajo y dialogo interministerial. Se realizaron varias consultas a principios de 2015, organizadas con partes interesadas, invitadas de distintos sectores como empresas, sociedad civil y el mundo académico. Como parte de la implementación de la Agenda 2030, Suecia todavía presenta desafíos como lo son el gestionar los indicadores: cómo y qué medir, extraer y modificar información disponible y determinar qué pasos a seguir. No obstante, Suecia es miembro del Grupo de Expertos Interinstitucionales sobre los indicadores de Objetivos de Desarrollo Sostenible, a través de Statistics Sweden, que propuso indicadores globales a la Comisión de Estadísticas de la Organización de las Naciones Unidas. Este estudio me lleva a concluir, a modo general, que la clave Sueca para liderar el cumplimiento de los objetivos de desarrollo sostenible ha sido su forma de elaborar su planificación como país y su integración al Modelo Nórdico. Además, los fundamentos ideológicos de su modelo inciden en el desarrollo de sus políticas. Asimismo, los países nórdicos han demostrado la importancia y la necesidad de la gestión pública en sus modelos. El cumplimiento del desarrollo sostenible en los países, no necesariamente implica cambios en los sistemas políticos y económicos, sino el reconocimiento, de todos los actores involucrados, que es necesario integrar a todos los sectores de la sociedad en la consecución del desarrollo sostenible Es imperativo reconocer cómo esa integración y participación de la sociedad incide en los cambios y alternativas para enfrentar los desafíos actuales, considerando que las acciones locales afectan las acciones globales y viceversa, y partiendo desde todos los puntos de partidas que pueda considerar esa premisa, ya sea un barrio, un municipio o una familia. Autora: Ariana García Piñero, estudiante graduada del curso Política Pública y Desarrollo Sostenible en la Escuela Graduada de Administración Pública del Recinto de Río Piedras de la Unviersidad de Puerto Rico. ©2018 |
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